domingo, 22 de marzo de 2020

52 Retos de Escritura (XII): Mao

Reto #12: Haz una historia sobre una primera cita en una pescadería.


MAO


Tenía que admitir que su vida romántica era, en general, bastante desastrosa, pero aquello se estaba llevando el premio a la rareza del milenio. Eso le enseñaría a fiarse de su ayudante en lo que se refería a buscarse pareja.

De hecho, se preguntaba cómo era posible que no se hubiera dado la vuelta todavía para salir huyendo de allí. Ya de por sí, le había extrañado que su cita a ciegas eligiera para queda un mercado, incluso si ahora se estilaba que hubiera establecimientos de hostelería dentro de los mismos. Pero cuando había llegado al local con el número indicado, este no era una cafetería… sino una pescadería. Una delante de la cual había un grupo nutrido de gente, en su mayoría señoras de edad avanzada que hablaban tranquilamente con uno de los dos tenderos, pidiendo cantidades nada desdeñables de pescado y mariscos. ¿Era uno de los dos hombres que estaban atendiendo? Pero no, no tenía sentido. Creía recordar que su ayudante había especificado que la persona a la que esperaba era mujer. Y aunque la verdad es que el de la derecha no estaba mal, tal vez un poco fondón pero no le veía nada de malo a eso, era un humano, y su ayudante llevaba muy mal lo de que tuviera una pareja humana.

No entendía por qué, ¿no estaba en el historial de los Reyes Negros el secuestrar a pobres víctimas humanas para hacer lo que les placiera con ellos? Los aos sí de la Corte Negra eran muy dados a hacer ese tipo de cosas. Ni siquiera había intentado darle la escusa, por otro lado válida, de que la vida de un humano era muy corta comparada con la de alguien como él. Pero no, le tenía tanta tirria a los humanos que el simple hecho de que lo fueran era escusa suficiente.

Así que el pescadero, aunque tuviera buen porte y algo de tripita y no le disgustara en absoluto, no era su cita del día. Entonces, ¿quién era?

No, las señoras de avanzada edad eran todas también humanas. También descartadas.

Miró su reloj para comprobar que era la hora correcta, y que no se había adelantado. Comenzaba a sentirse algo nervioso. No era un sitio en el que pudiera quedarse esperando a su cita, no sin llamar la atención. En algún momento dado, alguien pensaría que era su turno y le diría que si quería pedir, y sería bastante embarazoso decir que no, que no estaba allí para comprar pescado…

—Nihao— escuchó detrás suyo.

Se giró lentamente para encontrarse con… no estaba seguro de qué era lo que había pensado encontrarse, pero estaba seguro que no se trataba de ESO.

Era una chica bajita. No, llamarla chica era ser demasiado amable con su disfraz, porque era peor que el disfraz de humano de su ayudante. Puede que el hocico se hubiera acortado hasta parecer un rostro humano, pero la cara con la sonrisa en forma de uve doble y los ojos con iris largos y afilados eran la marca de los felinos. El pelo negro parecía irreal, casi habría jurado que era una peluca, y una que no estaba hecha con cabello natural sino que parecía una peluca de disfraz barato. Para acabar, aunque estaba claro que no tenía pelo como tal, se podían ver manchas en la piel cuyos colores recordaban a los cálico. Habría jurado que era una nekomata… de no ser porque no era de origen japonés, sino chino. ¿Había seres así en China? Casi pudo escuchar en su mente los gritos de sus consejeros, diciéndole que si no era capaz de reconocer a tal criatura solo con verla. Porque, según ellos, debía conocer a todas las etnias de seres míticos existentes en el mundo.

Quiso salir huyendo de allí. ¿Esa era su cita?

¿No podía irse con la Reina Blanca y su príncipe? Estaba más cerca de montar un alegre trío con ellos que de conseguir una pareja estable siguiendo los consejos de su ayudante. Esto debía ser la venganza por todo el fiasco del robo del cuaderno con la partida de rol, fuese lo que fuese eso.

—¿Tú eres Sorin?— preguntó la gata, haciendo un esfuerzo notable en pronunciar las erres, como si el sonido le resultara complicado—. Me llamo Mao.

—Sí, yo soy Sorin. Que nombre más… interesante.

Decir “original” habría sido más sarcástico de lo que consideraba seguro.

—¡Gracias!— si Mao había pillado el ligero insulto, había tenido la gracia de no hacérselo saber—. Me alegro de que hayas venido, la mayoría de mis citas ni siquiera llegan a aparecer.

—Bueno, este es sin duda un lugar un tanto extraño para una cita.

—¿Lo es? ¡Pero es mi lugar favorito de la ciudad! ¡Vengo aquí todos los días por la puerta trasera!

Ah… probablemente no venía con esa forma pseudohumana, ¿verdad? También era cierto que el cerebro humano tendía a eliminar todo rastro de incongruencia en lo que respectaba a los seres míticos, pero había veces en las que el disfraz era tan fino que podía considerarse un milagro que la mascarada que mantenían no se fuera a tomar vientos. Tendría que enviar un recordatorio a los miembros de la Corte Negra de que hicieran el maldito favor de no cantar tanto. Menos mal que estaban a buenas con la Corte Blanca.

—Bueno, ¿y cuál es el plan de hoy?— preguntó, intentando mantener el buen humor.

—¡Comer, por supuesto!

—¿Aquí?

—¡Sí, claro!

Empezaba a entender cómo se sentía Eloisa cada vez que tenía que tratar con él.

—Bueno, ¿no sería mejor un lugar más… privado?

—¿Privado cómo?

—¿Como una casa?

Eso había sonado sospechoso a más no poder, y si lo hubiera escuchado de su pareja de cita a ciegas, habría salido a escape. No necesitaba un segundo Vasily, gracias. En cierto modo, esperaba que la gata hiciera exactamente eso, pero se encontró con que decir que aquella tipa era rara no empezaba siquiera a describirla.

—Pero yo no tengo casa. ¡No te preocupes, podemos comer en la parte de atrás, solo necesitamos pillar el pescado fresco!

Con toda la seguridad del mundo, se acercó al grupo de señoras de avanzada edad y comenzó a abrirse paso entre ellas a empujones ante su reticencia a ceder su turno de gratis. No le fue fácil, lo que las señoras no tenían en fuerza lo tenían en mala leche, y más de una interpuso su bastón o comenzó a gritar. Varias de las que estaban en la última fila se volvieron hacia él con cara de pocos amigos, tal vez porque habían estado escuchando la conversación de antes y estaban exigiéndole que de alguna manera parara a esa loca. Varias filas más allá, Mao le estaba bufando a una mujer que se había interpuesto para evitar que le robara su codiciado puesto en el grupo.

Tal vez lo mejor sería hacerse el sueco y largarse mientras pudiera, pensó.

Pero entonces pasó lo que tenía que pasar: que todo se fue al garete.

En concreto, fue la enorme cola de besugo que uno de los pescaderos, justo el que le parecía mono, acababa de levantar para que la cliente a la que estaba atendiendo pudiera verla mejor. Era una cola bien hermosa, que prometía una suculenta comida caliente. Material de primerísima calidad que estaba seguro de que costaba un dineral. En realidad, no fue él el que vio aquella cola de besugo, no, porque él estaba demasiado ocupado intentando pensar qué era lo mejor que podía hacer para escapar de allí sin que nadie más se enfadara. No, quien vio la cola fue Mao. Y en el momento en el que Mao la vio, Sorin supo que la cosa iba a acabar mal. De ese tipo de mal que implicaba que la Reina Blanca iba a enviar a su guardia y la gata acabaría sellada, o puede que algo peor. Como Rey Negro, simplemente no podía ignorar eso.

Comenzó a abrirse paso entre las filas de señoras, que en su caso se apartaban rápidamente sin decir una sola palabra. No estaba pensando demasiado en el efecto, lo más probable era que había decidido dejar de preocuparse por parecer humano. Puede que externamente su aspecto siguiera siendo el de una persona normal y corriente, pero su presencia había dejado de serlo en absoluto. Y llevadas por ese temor primordial que solía apoderarse de los seres humanos que no estaban acostumbrados a ellos, las señoras probablemente quisieran apartarse de su lado a toda velocidad.

Mao se encogió para saltar. Casi podía verlo a cámara lenta, cómo su cuerpo parecía achatarse y plegarse sobre sí mismo, a unos límites que uno no se esperaría de un ser humano, sino más bien de un muelle. Y luego, liberó toda la tensión en sus piernas… no, en sus patas, para dar un salto con el que bien podría haber llegado al techo. La peluca que llevaba salió volando, dejando a la vista las orejas triangulares, y de debajo de la falda asomó una larga cola de color dorado y negro.

Maldición. No tenía tiempo.

—¡Disculpen!— exclamó, y él también dio un salto.

No era un salto exactamente, no en la idea del término. Era más bien como si de un solo paso hubiera cubierto toda la distancia entre él y el mostrador. Habría sido un problema si se hubiera topado con algún cuerpo, pero todas aquellas personas se habían apartado de su camino como si algo en su interior les conminara a hacerlo. Gracias a ello, pudo cubrir la distancia sin problema y agarrar a Mao del cuello.

En el instante en el que lo hizo, Mao dejó de tener cualquier rasgo humano y pasó a ser una gata cálico de un tamaño que, si bien seguía siendo enorme, entraba dentro de la normalidad.

El pescadero miró a la gata con sorpresa, mientras abrazaba la cola de besugo como si fuera su bien más preciado. Mao intentó liberarse de su presa, todavía dispuesta a llevarse aquel delicioso pescado. Lo que salía de su boca eran sin embargo los sonidos de un gato frustrado, y no palabras. Sorin intentó por todos los medios a su alcance mostrar la sonrisa más inocente de la que era capaz.

—Mis disculpas. No pensé que esta gata fuera tan descarada.

—¿Es tuya?— preguntó el otro pescadero, algo más mayor y con algo más de aplomo que su compañero.

—No. Simplemente la he visto pasar.

El pescadero se mostró sospechoso, pero no tenía nada de lo que quejarse ya que Sorin había rescatado su género de caer bajo las garras de un gato ladrón, así que simplemente asintió.

—Si puede volver a la cola…

—Por supuesto, en cuanto me encargue de ella.

Y con esas palabras, se alejó de la pescadería, haciendo caso omiso de los murmullos que le rodeaban. Al menos, aquellas personas solo recordarían a la gata de tamaño enorme que había intentado robar una cola de besugo, no a la medio mujer, medio gato que había saltado por encima de todas sus cabezas. Se alejó y salió del mercado, y no se detuvo hasta estar en el callejón detrás del mercado. Entonces, levantó a la gata que era Mao hasta la altura de su cara.

—No voy a volver a dejar que mi ayudante me prepare una cita a ciegas en lo que me queda de vida.

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