jueves, 3 de septiembre de 2015

Cazas de brujas: Salem vs. Zugarramurdi



No suelo hablar demasiado sobre religión, más allá de los mitos, y en general no suelo meterme con los mitos cristianos, aunque creo que mi artículo de San Valentín demuestra que soy perfectamente capaz de destriparlos tan bien como a los demás. Hoy, sin embargo, mi artículo no habla de mitos, pero si de religiones, y de historia. Y entraré en un juego de “odiosas” comparativas al hablar de dos procesos contra la brujería, de sus similitudes y diferencias, y de cómo dos versiones distintas de una religión reaccionaron ante lo que ahora a nosotros nos parece, pero en aquel entonces no tanto, un crimen contra la humanidad.



Hoy voy a hablar de las brujas de Salem, y de las brujas de Zugarramurdi. Y creedme, no estoy hablando de películas en ningún caso.

Lo mejor sería empezar analizando cada uno de los casos por separado. Y casi lo más sencillo es comenzar por el juicio más conocido de todos, el de Salem. No sé lo que habréis escuchado sobre este tema, pero lo que se suele decir, o al menos lo que yo en su momento escuché al respecto, es que todo el desbarajuste fue causado por un pequeño parásito del centeno, el cornezuelo, que contaminaba los granos con ácido lisérgico, uno de los principales componentes del LSD. Sin embargo, nadie parece preocuparse de explicar que el cornezuelo, de haberlo, solo fue uno de los muchos clavos en aquel ataúd, y que para empezar a hablar de las causas que llevaron a aquella gran caza de brujas, hay que hacerlo describiendo la situación de la zona.

Autor: SalemPuritan
Nuestra aventura nos lleva a EE.UU., a Massachusetts, y en concreto a varios pueblos de la zona de la Bahía de Massachusetts: Aldea de Salem (hoy en día Danvers), Pueblo de Salem, Ipswich y Andover. Corre el año 1692, y todas las supersticiones europeas sobre el Demonio, las brujas y demás horrores se habían extendido por Norteamérica como un incendio. No era la primera vez que se producían juicios contra brujas, y ya se habían condenado a varias personas por esta acusación. Casi todas mujeres, aunque los hombres tampoco se libraban de la quema. Los rumores de brujería en Massachusetts Bay venían alimentados por los sermones de un ministro puritano de nombre Cotton Mather, que había extendido la historia de una pobre desgraciada acusada de brujería, y de cómo había hechizado a unos niños, los hijos de su contratista, causándoles una enfermedad que mostraba como síntomas dolores en cuello y espalda, lenguas “extraídas de sus gargantas”, alaridos súbitos y lo que solo puede ser descrito como espasmos. Estos síntomas acabaron siendo asociados a la brujería, lo que a su vez demostraría ser demoledor en el caso del que estamos hablando.

Y ya que hablamos de nuestro pastor puritano, hablemos de religión. Los puritanos habían sido expulsados de Inglaterra por enfrentamientos con los anglicanos con respecto a ciertas tradiciones que los puritanos llamaban “papismos”. Como os podéis imaginar, esto al rey de Inglaterra no le moló una mierda, y ya tenemos persecución al canto. Los puritanos huyeron, primero a los Países Bajos para unirse a sus hermanos calvinistas, y luego hacia América. En la zona de Nueva Inglaterra se establecieron varias colonias, de las cuales Massachusetts Bay era de las más importantes. Las colonias se gobernaban a sí mismas creando unas sociedades sujetas a sus creencias religiosas. De ese modo, sus líderes eran hombres libres que habían pasado un examen formal sobre sus creencias, y formaban parte de la congregación. Eso les llevaba a consultar a menudo con los pastores con respecto a las decisiones que se debían tomar. La música, los bailes, la Navidad y la Pascua estaban prohibidos, la única música permitida era la de los himnos religiosos. También estaban prohibidos los juguetes, y los niños eran sometidos a una estricta educación religiosa que haría que San José de Calasanz se llevara las manos a la cabeza. La vida de la comunidad giraba en torno a las reuniones que se celebraban los miércoles y los domingos, con sermones que duraban alrededor de unas tres horas, y a las escasas fiestas que podían celebrar.

Y nos quejábamos de las misas de hora y media… Los curas católicos nos tienen mimados, os lo digo yo.

William Phips, gobernador de Massachusetts Bay
Aún así, el factor de una sociedad sumergida en una religión bastante asfixiante no es el único a tener en cuenta. Durante la época previa a nuestro relato, Gran Bretaña había estado inmersa en constantes guerras civiles que afectaban de manera directa a las colonias. El resultado había llevado a que durante un tiempo los gobernadores no tuvieran autoridad para gobernar. Esto, unido a la tensión con los colonos de Maine y con los indios Wabanaki, que eran apoyados por los franceses, provocó el estallido de la conocida como Guerra del Rey William. En dicha guerra se destacó William Phips, nombre que nos interesa bastante porque en 1692 sería nombrado gobernador de Massachusetts Bay, y cuya primera labor era la de poner orden en el caos que era el sistema de justicia de la provincia después de años sin un gobierno decente.

Y si la cosa era mala a nivel nacional, a nivel local era un caos absoluto. En la Aldea de Salem (a la que a partir de ahora llamaré Danvers para no liaros más) las disputas entre vecinos, y con los vecinos de Pueblo de Salem (a partir de ahora, Salem), estaban a la orden del día. Había trifulcas constantes por los terrenos, las cosechas y los privilegios eclesiásticos. En Danvers decidieron contratar a su propio pastor, pero aquellos a los que contrataban apenas duraban unos cuantos años antes de largarse de la zona. Hasta la llegada de Samuel Parris.

El reverendo Parris es el tipo de cura que nunca querrías ver en tu iglesia. Retrasó su llegada al pueblo y, lejos de intentar poner paz, castigó a miembros respetados de la congregaciópn por faltas menores, que él llamaba “comportamientos malvados”, lo que aumentó la tensión aún más. De hecho, se sospecha que muchas de estas tensiones, especialmente las existentes entre las familias Putnam y Porter, acabarían siendo una parte importante de lo que iba a ocurrir.

"Tituba y los Niños", por Alfred Fredericks
En febrero de 1962, la hija y la sobrina del reverendo Parris, Betty Parris y Abigail Williams, sufrieron un ataque de convulsiones que “estaban más allá de la potencia de un ataque epiléptico”. El doctor que las atendió no pudo encontrar evidencia de lo que las afectaba, y pronto otras niñas y mujeres jóvenes se vieron afectadas por esta “dolencia”, entre ellas Ann Putnam y Elizabeth Hubbard. Como ya hemos mencionado, estos síntomas se habían estado asociando a la brujería, por lo que las primeras acusaciones no tardaron en volar. Las primeras acusadas por haber hechizado a las niñas fueron Sarah Good, Sarah Osborne y Tituba. La primera era tan solo una mendiga sin hogar cuya mala reputación la llevó a ese punto. Sarah Osborne no atendía a las reuniones de la comunidad, y sus vecinos veían mal que se hubiera casado con un miembro del servicio de su casa, y que intentara controlar la herencia de su hijo. Tituba era una esclava de origen no muy claro a la que se acusó de contarles a las niñas historias del Malleus Maleficarum, un libro del que hablaré más tarde. Estas mujeres fueron interrogadas y enviadas a la cárcel. Y no fueron las únicas.

Las siguientes fueron Martha Corey, Rebecca Nurse y Dorothy Good en Danvers, y Rachel Clinton en Ipswich. Martha Corey fue acusada simplemente por dar voz a la duda más que razonable sobre las acusaciones de las niñas. Tanto ella como Rebecca Nurse eran miembros respetables de las parroquias de Danvers y Salem, lo que hizo que la gente se sintiera aterrada; si aquellas mujeres eran brujas, cualquiera podría serlo. Dorothy Good era la hija de cuatro años de Sarah Good, y su declaración fue usada contra su madre. Rachel Clinton fue acusada por su vecinos simplemente por acabar en la pobreza tras divorciarse de su marido que, para que veáis la piececita de museo que era, se aprovechó de los juicios para hundirla aún más en la miseria y arrastrarla hasta su muerte.
A partir de este momento, el goteo de detenidos fue constante. Se capturaba a familiares de los acusados, a familiares de las “víctimas”, y a cualquier pobre alma que no le cayera bien a los vecinos, algunos tan solo por el simple hecho de protestar. Algunos confesaban para luego dar otros nombres, personas que era detenidas de inmediato. La situación era tal que el gobernador, William Phips, nombró una corte especial para juzgar los casos. A esas alturas, los detenidos eran 62, y Sarah Osborne había muerto en la cárcel.

William Stoughton
Esta corte, con William Stoughton como Magistrado Jefe, Thomas Nowton como Abogado de la Corona y Stephen Sewall como secretario, comenzaron los juicios el el 2 de junio, y el primer caso os puede dar una idea de como planteaban las cosas. Bridget Bishop había sido acusada de brujería por vestir de negro y con prendas raras, algo que iba en contra de las normas puritanas. Fue condenada ese mismo día y ejecutada por bruja el 10 de junio, muriendo en la horca. Al día siguiente, tal vez preocupados por haberse pasado en su celo, pidieron consejo a diferentes pastores sobre qué era lo que debían hacer. La respuesta vino de parte del “simpático” Cotton Mather, que les dirigió una carta en la que básicamente les conminaba a seguir por el camino que habían comenzado, y aunque les decía que debían tener cuidado con aquello a lo que daban credibilidad, les venía a decir que fueran rapiditos con el tema. 

Uno de los miembros del tribunal, Nathaniel Saltonsall, renunció a su puesto por no estar de acuerdo con la carta recibida. Fue el único personaje público en rechazar el proceso desde el inicio. El resto de “magistrados” siguió con renovadas fuerzas, con nuevos arrestos y acusaciones. El proceso se retomó el 30 de junio, con nuevas condenas.

En poco tiempo, las cosas comenzaron a irse de las manos. En agosto se condenaría a seis personas, de las cuales una se salvó de ser ejecutada ese mismo mes solo porque estaba embarazada. En septiembre de 1962 Giles Corey, que había sido acusado de brujería, murió tras sufrir durante dos días una tortura llamada peine forte et dure, que consistía en aplastar el pecho del desgraciado con las piedras más grandes que se pudieran encontrar, por negarse a declararse culpable o inocente con el fin de que el tribunal no le quitara a su familia todo lo que tenían. Ese mismo mes, Cotton Mather solicitó hacer una narración de los juicios. Su escrito, Wonders of the Invisible World (Maravillas del Mundo Invisible) fue finalizado en octubre. Durante ese periodo murieron ocho personas más por ser brujos.

Este escrito se entregó al gobernador Phips, que acababa de regresar de su guerra con Maine. El buen hombre probablemente casi tuvo un ataque al corazón cuando vio la que se había liado y dio orden de que la corte se disolviera. Es más que posible que ayudara mucho el que el nombre de su mujer hubiera sido mencionado por alguno de los “afligidos” a través de la evidencia espectral, de la que hablaré más tarde.

Una nueva corte se instauró en enero de 1963, para juzgar a todos aquellos que habían sido acusados pero no habían estado en juicio. En este caso, no se encontraron culpables. Los cargos de muchas personas fueron sobreseidos, y de las tres personas que fueron condenadas, el gobernador les concedió el perdón, lo que demuestra que era el hombre con más sentido común de toda la maldita región. Los últimos acusados fueron juzgados en abril y declarados inocentes, poniendo fin a la pesadilla, aunque no al asunto. 19 personas habían sido ejecutadas, y cinco más, incluido un niño pequeño, murieron en prisión, por no hablar del hombre torturado hasta la muerte (¿he mencionado ya que el pobre hombre tenía 71 años? ¿No? Pues ya sabéis que pedazo de hombre era que aguantó dos días como un campeón)

Lo que es más grave de este asunto es que las “pruebas” que tenían contra estas personas era lo que se llamaba “evidencia espectral”, que básicamente consiste en la evidencia basada en sueños y visiones. En pocas palabras, si una “víctima” decía que había tenido una visión de alguien haciéndole mal, aunque ese alguien estuviera al otro lado del país, se consideraba que realmente le había hecho ese mal. Porque era una bruja, of course. Y no quiero saber por qué tengo a Grissom en mi cabeza tirándose de los pelos.

Otra forma de “evidencia” era la “doctrina de los efluvios”, que venía a decir que los “efluvios” o las “partículas” que habían causado daño podían volverse en contra de la bruja que las había emitido. Es notable que el reverendo Parris, cuya hija era una de las afectadas, le echó la bronca públicamente a una vecina porque esta, para descubrir a la supuesta bruja, había mandado hacer un “pastel de bruja” con centeno y orina de las niñas para dárselo a comer a un perro, diciendo que así la bruja gritaría y sería descubierta. La señora aceptó la bronca, pidió disculpas y fue perdonada. Por desgracia, este tipo de comportamientos sensatos con respecto a este tipo de evidencia no fueron la norma: para encontrar si eran culpables de brujería, a los acusados se les tapaban los ojos y les hacían tocar a una “víctima” que estuviera teniendo un ataque, en la creencia de que si el ataque se detenía, entonces los pobres desgraciados eran brujos, y por tanto debían ser llevados a juicio. Y, como os podéis figurar, acabar en un juicio allí en 1962 bien podía ser una sentencia de muerte.

Otras evidencias eran los testimonios de las víctimas, confesiones de otros acusados, la presencia en la casa de muñecos, libros de quiromancia, horóscopos u ollas con algún tipo de ungüento, y buscar la “teta de bruja”, una mancha o lunar en el que la bruja no tuviera sensibilidad, Si, Grissom sigue en mi cabeza tirándose de los pelos.

Cotton Mather, el simpático pastor puritano
Hay que decir que muchos reverendos escribieron en contra de estas “evidencias” a lo largo del año 1962. Entre ellos se encontraba Increase Mather, padre de Cotton Mather (y no, no pienso comentar sobre los nombres), lo que viene a señalar que, por desgracia, el sentido común no se hereda. Pero, como os podéis imaginar, nadie les hizo ni caso hasta que el gobernador apareció a poner orden.

Aunque el último juicio se celebró en 1963, el asunto seguiría dando coletazos durante mucho más tiempo. Existieron numerosas publicaciones al respecto durante los siguientes años, y durante los años 1700 y 1703 se firmaron peticiones para retirar las condenas de manera formal, ya que cualquiera de ellos era vulnerable a nuevas acusaciones que los volvieran a poner en la picota. Al principio solo se retiraron las de aquellos que habían hecho la petición, y no fue hasta 1709 que se presentó una petición general que llegara a la Corte General, y que se resolvería retirando la condena y resarciendo monetariamente a 22 personas. Aunque la sentencia se dictó en 1711, no se acabó el trabajo hasta 1718 (jus, y luego dicen que la justicia aquí es lenta…)

Aún así, no todos los condenados fuero exonerados. En 1957, los descendientes de las seis personas que habían sido ejecutadas y no habían sido incluidas en la anterior sentencia reclamaron que sus nombres fueran limpiados. Estas personas eran Ann Pudeator, Bridget Bishop, Susannah Martin, Alice Parker, Wilmot Redd y Margaret Scott. La Corte General proclamó la inocencia de los condenados, pero solo nombró a Ann Pudeator, mientras que los demás quedaron listados como “ciertas otras personas”.

El último episodio se escribe en 1992, cuando tras una ardua labor, la profesora de escuela Paula Keen y los representantes J. Michael Ruane y Paul Tirone entre otros lograron que esos últimos cinco nombres se incluyeran en la resolución, firmada el 31 de Octubre de 2001 por la gobernadora Jane Swift.

Afortunadamente, las cazas de brujas en el sentido literal de la expresión recedieron a partir de este momento. Sin embargo, Estados Unidos todavía habría de sufrir episodios de juicios de brujas, incluido el conocido como “segundo juicio a las brujas de Salem” o “juicio sobre brujería de Ipswich” en 1878, considerado el último juicio contra brujas de EE.UU.. En este caso, el juez simplemente sobreseyó la causa. Podéis buscarlo si os interesa, estoy segura de que os podréis imaginar la cara del pobre hombre al que le tocó tragar con esta pieza. 


Y ahora que hemos acabado con el horror de horrores que demuestra lo mezquina e hideputa que puede ser la gente, pasemos a nuestras fronteras a buscar el “mayor” caso de “brujería” en España: el juicio inquisitorial a las brujas de Zugarramurdi.

Antes de empezar, sin embargo, me gustaría contar una historia apócrifa de la que, al parecer, conozco la versión light. Todos hemos oído hablar del terrible Tomás de Torquemada, el mayor y más conocido miembro de la Inquisición Española. La historia cuenta que, estando en Vascongadas, los líderes de un pueblo se dirigieron al temible inquisidor para pedirle que juzgara y condenara a una mujer, ya que se trataba de una bruja. ¿Cual pensáis que fue la respuesta que les dio?

Decirles que si seguían diciendo esas tonterías, les quemaría a ellos por herejes.

Tomás de Torquemada
Ya digo que es la versión light, porque algunos me han dicho que Torquemada se saltó las amenazas y pasó a los hechos y les quemó por herejes. En cualquiera de los casos, sirve para ilustrar la concepción que tenía la Inquisición de las brujas. No voy a decir que eran unos santos, porque no era así, pero es un buen momento para poner los puntos sobre las íes. La Inquisición Española, aún estando formada por religiosos, era ante todo una institución vinculada a la Corona, y más interesados por los conversos que por los cuentos sobre brujas. Es cierto que antes de lo acontecido en Zugarramurdi se habían dado casos de ejecuciones de brujas, pero en general eran escasos, y siempre llevados a cabo con sentencias de tribunales seculares. La Inquisición en general estaba más dividida en estas cuestiones, aunque tendían más a ignorar el tema. Por supuesto, algún loco había entre sus filas, pero en 1583 ya existían varios escritos del Consejo de la Suprema Inquisición que indicaban que no debían tenerse en cuenta las palabras del Malleus Maleficarum.

El Malleus Maleficarum (Martillo de las Brujas) era el libro de cama de todos los cazadores de brujas. Escrito por un sacerdote alemán de nombre Heinrich Kramer, daba todas las pistas sobre cómo distinguir a una bruja y sus acciones, y era una lectura conocida por toda Europa. Es interesante ver que la inquisición más vilipendiada era precisamente la más sensata en según que aspectos. Como por ejemplo en el hecho de que no aconsejaban usar la tortura porque los resultados de la misma no podían ser válidos.

De hecho, nuestra historia no comienza en España, sino en Francia, en la provincia de Labourd, lo que hoy en día es una parte del departamento de los Pirineos Atlánticos. Allí, una pequeña disputa entre el Señor de Uturbi y algunos descontentos tomaría un cariz horripilante a manos del juez de Burdeos, Pierre de l’Ancre. Este descendiente de navarros era, además de fiel creyente en la existencia de la brujería, sobre la que escribiría tres libros, un anti-vasco redomado. Llamado para resolver la disputa, acabó condenando a la hoguera a 80 personas, y asegurando que otras 3000, alrededor de un 10% de la población DE LA PROVINCIA eran también culpables de brujería. Afortunadamente para las gendes de Labourd, el Parlamento de Burdeos se apresuró a pegarle una patada en el culo. Para entonces, sin embargo, un buen número de pobladores había huido atravesando la frontera.

Cueva de las brujas en Zugarramurdi
Y así llegamos a Zugarramurdi, en el noroeste de Navarra, y muy cercano a la frontera con Francia. Era un pequeño pueblo que dependía de un monasterio cercano. A este pueblo había regresado en 1608, cuando el tema de las brujas estaba empezando a calentarse, una joven criada que había estado viviendo con su familia en Labourd. Por razones que nadie cita, esta mujer decidió contarle a sus vecinas que ella había sido una bruja, y que en los aquelarres había visto a otra vecina del pueblo, María de Jureteguía. La buena mujer negó la acusación, por supuesto, pero incluso su familia y su marido creyeron antes a la “francesa”. La presión la llevó a confesar y a culpar a otras personas, que fueron igualmente asaltados. Un total de siete mujeres y tres hombres acabaron confesando ser brujos ante el cura del pueblo, y fueron “perdonados” por sus vecinos.

Pero la cosa dio un giro a peor cuando tres de las damnificadas, Graciana de Yriart y sus dos hijas Estevania y María, acudieron a Logroño el 9 de febrero de 1609 y se dirigieron al tribunal de la Inquisición. El tribunal de Logroño estaba al tanto de que algo estaba ocurriendo en la zona, y habían enviado ya a un comisario al Consejo de la Suprema Inquisición. Las mujeres habían acudido en busca de justicia, explicando que ellas habían confesado ser brujas porque sus vecinos las habían amenazado. Por desgracia para ellas, su guía e intérprete las acusó de brujas, y las tres almas cándidas acabaron dando con sus huesos en el calabozo.

Los jueces en aquellas fechas eran dos: Alonso Becerra Mordín y Juan del Valle Alvarado. Ambos tenían todo el control, a la espera de que llegara en breve un tercer inquisidor. Los dos eran firmes creyentes en que la brujería era real, y pidieron el encarcelamiento de todas las “brujas”. El 13 de febrero enviaban una carta al Consejo de la Suprema, hablando de sus “averiguaciones” y pidiendo instrucciones. La Suprema, mucho más cauta en estos temas, les indicó que debían asegurarse de que lo que decían las mujeres era real, y les envió un cuestionario de catorce preguntas. Los dos inquisidores procedieron a pasarse dicho cuestionario por el forro, lo mismo que hicieron con la declaración de su carcelero, que había oído a las prisioneras decir que habían confesado porque creían que así volverían a sus casas.

Durante los siguientes cinco meses, estos dos tipos fueron arrancando confesiones de sus presos, quienes a su vez delataron a otros supuestos brujos. Con esta información, si es que se la puede llamar así, Juan del Valle marchó a recorrer los pueblos de la zona en agosto de 1609. Su viaje le llevó por Zugarramurdi, Vera de Bidasoa, Lesaca, Tolosa y San Sebastián. En su empresa tuvo la casi alborozada colaboración de los curas de dichos pueblos, que llegaron a encarcelar a mujeres y niños para que confesaran que eran brujos. De todos los acusados, que eran varias centenas, Juan del valle tomó presos a 31 de los que parecían “más culpables” para que fueran juzgados.

Por esas mismas fechas, el obispo de Logroño hizo un viaje similar, quedando bastante horrorizado y escribiendo a la Inquisición con respecto a este tema. En su misiva contaba que allí no había brujas, y que las murmuraciones solo habían empezado a darse cuando habían dado comienzo los casos de Francia. Por desgracia, para entonces el coche iba ya cuesta abajo, sin frenos y con viento de cola.
En junio de 1610 se acordó la sentencia de culpabilidad de 29 de los 31 acusados. Sin embargo, hubo una voz discordante, la de Alonso de Salazar y Frías, un joven inquisidor que se había integrado al tribunal en julio de 1609m y que hasta ese momento no había participado en este desastre. Alonso de Salazar votó en contra de una de las condenas a muerte por falta de pruebas, pero su opinión no perduró frente a la de sus dos compañeros.

"Aquellos polvos", grabado de "Los Caprichos" por Goya
El auto de fe se celebró el 7 de noviembre de ese año. De los 29 acusados, 18 fueron “reconciliados” por confesar sus culpas y pedir clemencia, seis fueron quemados por resistirse y otros cinco fueron quemados en efigie porque habían muerto durante el proceso. El espectáculo fue presenciado por cerca de 30.000 personas, venidas incluso desde Francia.

Hago aquí un inciso para indicar que la Suprema había aprobado las condenas a la hoguera a regañadientes, y presionados por el clima de absoluto pánico que se vivía en Logroño. Es más, en cuanto tuvo la oportunidad de saltar y solventar aquel embolado, lo hizo con gusto y gracia.
Excusas no faltaron. A la voz del obispo de Logroño se unieron la de varios eclesiásticos y la del humanista Pedro de Valencia. Para colmo, Alonso de Salazar, que estaba revisando el juicio, comenzó a tener aún más dudas sobre el proceso y escribió al Consejo de la Suprema hablando sobre la “tremenda injusticia” (palabras reales de Salazar) que se había causado, sin restarse culpa a sí mismo incluso si desde el principio se había mostrado escéptico. Y cuando por fin el tribunal de Logroño solicitó que se enviara a una persona para que investigara los hechos, la contestación tardó menos de un mes en llegar.

La Suprema daba orden a Alonso de Salazar de que fuera él quien investigara y enviara un informe completo. Junto con la orden recibió un edicto de gracia, un documento gracias al cual, cualquiera que confesara sus culpas al portador sería perdonado sin más consecuencias. Y con estas herramientas nuestro aguerrido inquisidor daba comienzo a una investigación que enorgullecería a cualquier miembro de un cuerpo de criminología. De mayo a diciembre de 1611 recorre el norte de Navarra, Guipuzcoa y Vizcaya. Interroga a los acusados, recoge declaraciones y realiza pruebas. Empieza por absolver a 1384 niños de entre seis y catorce años, junto a 41 adultos, y reconcilia a 290 personas.

Investigando a los testigos, descubre que muchos realizaron sus acusaciones por sobornos o por odios. Cuando le dice que se usaron ollas para hacer ungüentos mágicos, hace pruebas en presencia de “médicos y hombres peritos” que certifican que dichos ungüentos no sirven para nada. Pide a matronas que comprueben el estado de mujeres que declaran ser amantes del diablo, descubriendo que conservaban su virginidad.

También se encuentra con las presiones y torturas a los que se ven sometidos los acusados. Muchos delatores, en concreto un gran número de niños, declaraban presionados por sus familiares. Una reconciliada en el auto de fe que había acusado falsamente a varias personas, arrepintiéndose, quiso retirar su declaración, para encontrarse con que el comisario del Santo Oficio de Logroño le espetaba que era una embustera y que la quemaría viva; aquello la llevó a suicidarse tirándose al río. Muchos de los supuestos brujos confesaron haber sido torturados por sus vecinos, como el caso de una mujer a la que los hombres de su pueblo tuvieron sujeta con un cepo durante quince días. Alonso de Salazar también denuncia que los comisarios y ministros de la Inquisición habían participado en este tipo de actos, como el caso de dos niñas que habían sido atadas por las manos y el cuello y amenazadas con ser llevadas al tribunal de Logroño si no confesaban.

Lo que determina Salazar tras su investigación es que nada de lo que las “brujas” habían confesado era real, que no había brujas que valieran, y que no se había actuado de la forma correcta. Que eran los sermones y libros sobre brujería los que causaban que la gente creyera en ello, y que lo mejor era no hablar del tema porque, en palabras de nuestro aguerrido inquisidor, “no hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos”.

Tribunal del Santo Oficio (aka la Inquisición)
Alonso de Salazar redactó un primer memorial en marzo de 1612, y un segundo el 3 de octubre de 1613. En ellos, informaba a la Suprema de lo que había averiguado, y sus conclusiones. No fue esta una tarea agradable, porque Alonso de Salazar fue presionado por sus dos compañeros, que llegaron a llamarle “amigo del Demonio”, en un episodio de mobbing que hoy día habría sido un escándalo. Pero lejos de ceder ante este par de energúmenos, Salazar escribió sus informes con la pura verdad según él la entendía.

Pero nuestro amigo recibió su victoria. La Suprema asumió los informes que habían recibido de él y dieron nuevas instrucciones a los tribunales con las ideas de nuestro muy aguerrido inquisidor. Una de las instrucciones fue reparar el daño causado a las víctimas del auto de fe. Las acusaciones y condenas fueron retiradas, y los sambenitos no fueron nunca expuestos en ninguna iglesia, quedando como inocentes sin que ninguna lacra cayera sobre sus familias, dejando todo solventado en el año 1614.

Gracias a estas instrucciones basadas en las palabras de Salazar, el de Zugarramurdi fue el último caso de brujería en España, cortando el grifo de muertes por esta causa mucho antes que cualquier otro país de nuestro entorno. La Inquisición aún tardaría tiempo en desaparecer (y en contra de lo que dicen las malas lenguas, fue la primera variante en hacerlo) pero la brujería no volvería a ser jamás usada como acusación formal.

Una vez llegados a este punto, podemos fijarnos en los paralelismos entre ambos casos, que los hay y unos cuantos. El primero de ellos, y tal vez el más obvio, es el clima en el que vivían ambas comunidades. En ambos casos se trataba de comunidades aisladas de un poder central, y carentes de más control que el suyo propio. Las razones son obviamente distintas, dado que la ausencia en el caso de Massachussetts Bay se trataba de que su gobernador estaba lejos de su puesto, mientras que en el caso de Navarra era la lejanía y la dificultad del terreno lo que propiciaba el aislamiento. Junto a ello, podemos hablar de los enfrentamientos y enemistades que fueron una de las principales razones para los cruces de acusaciones tanto en un caso como en el otro. Por otro lado, también debemos hablar de la creencia en las brujas, así como la aparición de menciones y casos precios que afectaron a lo que ocurriría después.

Pero el mayor paralelismo es en realidad la histeria colectiva, el miedo generalizado de la población hacia las brujas y sus reacciones exageradas, criminales incluso, para conseguir que una supuesta bruja cooperara. En ambos casos, este ambiente se vio favorecido por autoridades locales, en especial las religiosas (aunque tampoco debe darse de lado la responsabilidad de las autoridades civiles) por norma general ignorantes y desaprensivas, que arrojaron a los vecinos unos contra otros en estas cazas de brujas. Es de notar que ambos casos estaban precedidos por situaciones similares que habían llevado a ciertos individuos a hablar de brujería, lo que a su vez había disparado las alarmas de la población.

Parque en recuerdo a las víctimas de los juicios de Salem
Otra similitud es la de que lo que puede considerarse la mayor autoridad es la que pone freno a la situación. Es el Gobernador el que disuelve el tribunal, y es la Suprema la que solicita el informe que luego usa para poner coto a las cazas de brujas. Aún así, aquí hay que remarcar una pequeña diferencias, y esa es que, mientras el Gobernador de Massachusetts Bay era una autoridad civil, la Suprema era una autoridad religiosa (cierto que atada al Estado Español, pero religiosa a fin de cuentas).

Y esto nos lleva precisamente a las diferencias. Es cierto que ambos casos no parecen equiparables en lo que a los números respecta, pero del mismo modo que hemos podido encontrar similitudes en ambas situaciones, también es lógico señalar aquellas cosas en las que difieren.

Sobre la que quiero centrarme al principio es en las “voces disidentes” y en sus acciones y reacciones. En concreto, la de Nathaniel Saltonsall frente a la de Alonso de Salazar. Ambos, como ya hemos visto, estaban en desacuerdo con sus colegas y con las condenas por brujería. Sin embargo, Saltonsall se separó y desentendió del proceso, y aunque está claro que es loable el hecho de que no quisiera participar en aquel circo, tampoco hizo nada para intentar remediar la situación que se presentó posteriormente. En cambio, Salazar no solo cargó con la culpa del mal proceso aún cuando había intentado detenerlo, sino que actuó en la medida de sus capacidades para que la verdad saliera a la luz y se aclarara el asunto de forma rápida y veraz. Una de las razones por las que se puso fin a las cazas de brujas en España fue por su trabajo, realizado a pesar de las presiones de sus compañeros en el Tribunal de Logroño.

La siguiente diferencia es en la reacción de los eclesiásticos y personas de un cierto nivel que hablaron de estos hechos, y sobre a quién de ellos se hizo caso. Es notable que en el caso de Zugarramurdi, fuera de los dos inquisidores ya presentes en Logroño, aquellos que tenían puestos importantes en las instituciones religiosas se pusieron en contra del proceso de inmediato, mientras que en Salem y los pueblos adyacentes la opinión estaba bastante más dividida. No solo eso, sino que mientras en España se prestó oído a las voces críticas, en Massachusetts Bay solo fue la acción independiente del gobernador lo que puso fin a la sangría, que habría seguido adelante con las bendiciones de gente como Cotton Mather.

No, la Inquisición no era así... pero no se aleja tanto como pensáis
También es necesario señalar que, aunque el número de acusados de brujería es mayor en España, la cifra de ejecutados es menor. Si uno se fija en el proceso descubre que los jueces en Salem mandaban a la horca a todos los condenados, mientras que en el auto de fe se reconciliaron a varias personas que podían a partir de entonces seguir (más o menos) con sus vidas.

Por último, la forma en la que fue tratado el caso una vez las autoridades se convencieron de que aquello iba mal: el gobernador puso coto a la situación, sin lugar a duda, pero no solo el resarcimiento a las víctimas y sus familias tardó en llegar, en el caso de algunas de estas personas su nombre no fue limpiado hasta más de tres siglos después. En España se solicitó una investigación realizada por el que era obviamente el hombre más adecuado para la tarea, y una vez quedó demostrado el error, se apresuraron en subsanarlo y asegurarse de que algo así no se volvería a repetir. Las familias y las víctimas fueron resarcidas en cuatro años, y estamos hablando de la España de principios del siglo XVII.

Resulta interesante ver cómo la tan temida Inquisición Española fue mucho más razonable que aquellos que siempre se quejaron del catolicismo. Como ya hemos dicho, en ningún caso fueron unos santos, pero lo cierto y verdad es que en cuestión de creencias sobrenaturales y sus reacciones al respecto, la Iglesia Católica fue mucho más sensata que aquellos que la acusaban de ser una panda de paganos. Y tal vez es bueno darnos cuenta de que nuestra leyenda negra es mucho menos grave que las barbaridades que se llegaron a realizar en el resto del mundo. Al menos esto es cierto sin duda en el caso de las acusaciones por brujería.

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