sábado, 11 de enero de 2020

52 Retos de Escritura (II): Carbón

Reto #2: Escribe un relato que ocurra el día de Reyes.


CARBÓN

—[…] LOS HUMANOS NECESITAN LA FANTASÍA PARA SER HUMANOS. PARA SER EL PUNTO DONDE EL ÁNGEL QUE CAE SE ENCUENTRA CON EL SIMIO QUE SE ALZA.

—¿Hadas de los dientes? ¿Papá Puerco? ¿Pequeñas…?


—SÍ. A MODO DE PRÁCTICA. HAY QUE EMPEZAR APRENDIENDO A CREER EN LAS MENTIRAS PEQUEÑAS.


—¿Para que podamos creer en las grandes?


—SÍ. LA JUSTICIA. LA COMPASIÓN. EL DEBER. ESAS COSAS.



—Terry Pratchet, ”Papá Puerco” (1996)


Si le preguntaban, a veces el karma era un cachondo mental.

El tipo muerto al que sus compañeros de criminalística le estaban sacando fotos, a la espera de que el juez apareciera por allí para levantar el cadáver, era un tal Adolfo Mingo Aguirre. Sabía poco de él, más allá de que se suponía que había dado un zambombazo y se había hecho rico en unos pocos años, y de que era un psicópata de manual. Puede que no hubiera matado a nadie directamente, pero en algún punto alguien había investigado una larga cadena de supuestos suicidios que habían apuntado a que el tipo le hacía de todo a sus empleados. Pero estaba tan montado en el dolar, que simplemente les había arrojado a sus abogados. El resultado era que el tipo había salido oliendo a flores. Ni se había preocupado, ni había mostrado siquiera arrepentimiento o culpa. Era el tipo de personas que te hacía dudar de la justicia.

Solo que esta vez la justicia parecía haberle alcanzado de alguna forma.

David no era alguien supersticioso, o al menos le gustaba pensar que no lo era, pero había algo en todo aquello que le ponía los pelos de punta. Tenía la sospecha de que el forense iba a tener trabajo para rato con este. Para empezar, no había heridas claras ni nada que hablara de un asesinato, que era lo suyo, y tampoco había señales físicas obvias de que alguien hubiera estado allí. La persona que había llamado a urgencias, el encargado de seguridad, estaba en aquellos momentos siendo interrogado por su compañera Miriam, y mientras tanto el estaba vigilando a los de criminalística, que de momento estaban haciendo fotos porque el juez todavía no había llegado. Los del SAMUR habían salido un rato al exterior, y se estaban poniendo en contacto con un psicólogo, mientras dejaban a los policías hacer su parte del trabajo.

El tipo estaba allí, con una expresión de terror congelada en el rostro, los brazos colgando flácidamente a los lados. Pero eso no era lo único que le llamaba la atención.

Estaba el trozo de carbón.

Teniendo en cuenta el día, parecía una broma pesada. ¿Carbón el día de Reyes? Bueno, desde luego este tío no iba a estar calificado como un “niño bueno”, pero se habían pasado un poquito con la alegoría.

Mientras observaba la piedra negra que había tiznado toda la superficie del escritorio con su polvo, Miriam regresó junto a él.

—El de seguridad está al borde de un ataque de nervios. Espero que el psicólogo llegue pronto, porque…

—¿Qué te ha dicho?

—Que su jefe había venido a las siete de la mañana, como siempre. Que se había cabreado como una mona porque la de la limpieza no había venido, y que si la iba a echar, y esas mierdas.

—¿Iba a hacer venir a la señora de la limpieza en Reyes?

—Sí, bueno, este era de los que no entendía que las fiestas nacionales existen para algo.
David suspiró, pensando que mucha gente iba a descorchar aún más cava cuando esta noticia saliera a la luz. Porque saldría.

—¿Qué más?

—Se fue a su despacho y se encontró con que había un trozo de carbón encima de su mesa, que volvió y le pidió los vídeos de la cámara de seguridad. Le dio aquel en el que se suponía que se iba a ver el carbón. Y que al cabo de unos quince o veinte minutos empezó a escuchar gritos ahogados— Miriam se rascó la cabeza—. Y a partir de ahí el pobre empezó a balbucear y a llorar y la cosa se puso de esa manera. Algo sobre cosas saliendo de la pantalla.

—¿Crees que se lo ha cargado él?

—Lo que creo es que está al borde de la histeria y que así no sacamos nada en claro.

Bueno, no podían descartar nada aún, no sin que el forense echara un vistazo.

Uno de sus compañeros, un chaval nuevo llamado Manuel, entró en la habitación para avisarles de que el juez había llegado. Segundos después entró el hombre, entrado ya en años y con cara de resignación.

—Feliz día de Reyes, ¿eh?— dijo con un tono sarcástico—. Vamos a acabar rápido con esto, ¿vale? Mis hijos vienen hoy a merendar y no estoy yo para estas bromas.

Con un gesto de asentimiento, indicó al forense que podía comenzar con el levantamiento del cadáver. A partir de ahí ya solo sería cuestión de recoger las pruebas, enviar al de seguridad a hacer una declaración, y ver qué demonios era lo que de verdad había ocurrido.

El resultado fue un tanto desmoralizador. No había muestras de forcejeo, ni de heridas aparentes, ya fueran perforantes, cortantes o contundentes. Si acaso, había dicho el forense, por la coloración parecía haber sufrido un paro cardiaco súbito, pero las causas podían ser muchísimas. Pero no había signo alguno de violencia. Por supuesto, sería necesaria una autopsia. Podrían tener un preliminar esa misma tarde, pero necesitarían varios días para tener el informe definitivo, una vez hubieran hecho los análisis toxicológicos. Por si acaso el carbón no era tal, o algo. En pocas palabras: el cadáver les estaba dando más bien poca información.

Los de criminalística recogieron el trozo de carbón, y muestras del polvo negro. También cogieron el pendrive que asomaba desde el puerto USB del ordenador, y desconectaron este último para llevárselo. Buscaron huellas por todas partes. El difunto señor Mingo fue llevado al laboratorio forense, y al poco tiempo todo el mundo se estaba retirando. David había tomado la agenda del señor Mingo, que según sus compañeros estaba limpia, para ver a quién tenía que llamar para anunciar lo que había pasado.

—Este va a ser un día largo de dar malas noticias— dijo.

—Sinceramente, no estoy segura de si algunos considerarán esta noticia como mala— replicó Miriam.

—Bueno, desde luego nosotros no nos alegramos— soltó el juez, uniéndose a ellos—. Como regalo de Reyes, es un tanto macabro, ¿no os parece?

—Sinceramente, podría haber sido peor.

Los dos hombres se volvieron hacia Miriam  como si acabara de decir que desayunaba niños. Ella simplemente se encogió de hombros.

Blandos.



—Hemos conseguido la declaración del guarda de seguridad.

—¿Qué ha dicho?

—Además de lo que nos había contado, que al parecer su jefe le echó una bronca del demonio por no avisarle de que el carbón estaba allí. Según lo que cuenta, salió para ir al cuarto de baño durante unos cinco, seis minutos a eso de las cinco menos cuarto de la madrugada y, cuando volvió, alguien había entrado en el despacho del jefe y había dejado esa cosa.

—Espera… Alguien entró en ese edificio, cruzó todo el hall y los pasillos hasta llegar al despacho, entró, dejó un regalito e hizo todo el camino de vuelta… ¿en menos de cinco minutos mientras el guarda estaba en el baño? ¿Y sin dejar rastro alguno?— David miró a su compañera—. Nos está tomando el pelo.

—Yo tampoco creo mucho en su historia, pero supongo que los vídeos nos dirán si lo que dice es mentira o no. Además, que dejara o no el carbón él no es problema a menos que fuera al mismo tiempo que la muerte.

—Tendrá que verse. Aunque no entiendo lo del carbón, más allá del día.

—Ah, al parecer, recibía uno de estos todos los años.

—Perdona, ¿qué?

—Sí, eso ha dicho. Intentaremos confirmarlo con más gente, por supuesto, pero… Al parecer lo del carbón era una ocurrencia anual. Y todo lo de las cámaras era para pillar al tipo que le hacía la gracia.

—El sistema de seguridad es de varios cientos de miles de euros, ¿de verdad lo puso porque alguien le ponía carbón en la mesa de forma anual?

—Bueno, estaba obsesionado con el tema. Al parecer “años” quiere decir “desde su más tierna infancia”.

Los dos se miraron.

—Es el caso de acoso más raro que he escuchado en mi vida— dijo David.

—Sinceramente, me gustaría averiguar quién lo hacia, aunque no sé si para aplaudirle por su insistencia o si para darle una somanta hostias por convertirle en un puto psicópata.

—¿Pueden ser las dos?

—No me des ideas.



El grupo de investigación se reunió delante del ordenador, todos inclinados sobre la pantalla y encima de uno de los encargados de analizar vídeos, que por más que intentó apartarlos para respirar no le quedó más remedio que aceptar que iba a tener el aliento de todos ellos en la nuca.

—Este es el vídeo en el momento de morir— dijo antes de dar doble click al archivo.

Saltó una ventana que el técnico se encargó de poner a pantalla completa. La imagen era bastante clara para tratarse de una cámara de seguridad, lo cual indicaba que el interfecto se había gastado un pastizal en el sistema, para todo lo que le había valido.

—Efectivamente, es como dijo el guarda— comentó Miriam—. El trozo de carbón ya estaba encima de la mesa.

—¿Cuánto dura el vídeo?— preguntó David.

—Parece ser que los archivos se guardan automáticamente cada media hora— comentó el técnico.

En el vídeo, la puerta del despacho se abría y el señor Mingo, toda vivito y coleando, entraba en el mismo. Se detenía tras dar unos pasos, observando el trozo de carbón encima de la mesa, antes de girarse y volver a salir de la habitación. A los cinco minutos, el hombre volvía a entrar en el despacho, con el abrigo doblado sobre su brazo y algo en la mano.

—¿Distingues lo que es?

Miriam entrecerró los ojos.

—Demasiado pequeño.

—El vídeo es de bastante calidad, así que puedo intentar ampliarlo— ofreció el técnico.

—Eso llevará tiempo, podemos hacerlo más tarde— contestó David, haciéndose a la idea de que aquello era probablemente la memoria USB que el guardia había mencionado—. Dale al play otra vez.

En la pantalla, el señor Mingo dejaba su cartera en el suelo durante unos instantes para colgar el abrigo en un perchero detrás de la puerta, antes de recuperarla y acercarse a la mesa. La rodeó con precaución, como si pensara que el trozo de carbón fuera un ser vivo a punto de atacarle o algo del estilo. Una vez estuvo en su asiento, se inclinó para, al parecer, encender un ordenador y meter el pendrive. Todos observaron la escena atentamente, esperando a que la puerta se abriera o que alguien apareciera desde algún punto ciego de la cámara. Pero solo vieron al hombre sentarse y, una vez encendido el ordenador, meterse en una carpeta y abrir un archivo.

La cámara, a pesar de ser buena, no captaba muy bien qué era lo que el hombre había estado viendo. Por la posición, ni siquiera era posible ver la expresión del hombre. Aunque pudieron imaginarse que no debió ser muy distinta de la de ellos cuando vieron que de la pantalla comenzaban a salir lo que parecían un total de seis brazos acabados en horribles garras, que se abalanzaron sobre el señor Mingo. Este luchó durante un momento, agitando los brazos e intentando escapar, hasta que su cuerpo quedó flácido sobre el asiento y los brazos desaparecieron como si nunca hubieran existido.

El vídeo continuó durante varios minutos más, sin que hubiera un solo movimiento, hasta que se cortó.

Tras una larga pausa, la que rompió el silencio fue Miriam.

—¿Qué cojones era esa mierda?

Nadie la contestó.

—El vídeo que dijo el guarda que Mingo estaba viendo…— comenzó a decir David.

—Es… Es esté, lo he-hemos sacado del pen— el pobre técnico, blanco como la cal, indicó con un dedo un segundo archivo, su voz tartamudeando y sus dientes castañeteando como si alguien le acabara de meter en una nevera industrial.

Hubo una larga pausa, mientras todos los presentes tragaban saliva.

—Ponlo.

Casi con reticencia, el técnico puso el vídeo. Durante los primeros veinte minutos no pasó nada. Nada en absoluto. Pero cuando el reloj se acercaba a la marca de las cinco menos cuarto, algo apareció.

La puerta del extremo se abrió. Durante un momento, no pareció que hubiera nada, pero luego tres figuras pasaron al interior del despacho. Eran de un tamaño más o menos humano, y la primera sensación que tuvo es que realmente lo eran: tres hombres que parecían recién salidos de una cabalgata: uno de pelo blanco y aspecto europeo, otro con el cabello negro y rasgos asiáticos, y otro que parecía venir del África subsahariana. Pero al instante siguiente le parecieron irreales, como si aquel aspecto fuera una ilusión, y detrás hubiera otra cosa, algo que su cerebro no era capaz de asimilar. La única razón por la que seguían cuerdos todos ellos era porque lo que veían eran esas tres figuras humanas que realmente no lo eran.

—No me jodas…— musitó Miriam a su lado. Si se hubiera atrevido a mirarla, habría visto que, más que blanca, estaba gris, y a punto de caerse al suelo.

Las tres figuras, más que andar, se deslizaron hacia la mesa. Una de ellas, el que parecía un viejo rey de cabellos blancos y piel clara, dejó el carbón sobre la mesa. Luego, las tres figuras se giraron y miraron directamente a la cámara. A pesar de que aquellos vídeos se suponía que no tenían audio, pudieron escuchar claramente una voz. Aunque las tres figuras estaban hablando a un tiempo, sonaban como una sola voz, anciana, cascada y preternatural.

—Bueno, vosotros habéis sido niños buenos, así que no tenéis por qué preocuparos— sonrieron, y sus sonrisas les parecieron tan artificiales como espantosas—. Pero deberíais controlar esas bocas.

Y, a pesar de que se suponía que todavía quedaban varios minutos para el final del vídeo, el archivo se cerró por sí mismo.

Veinte minutos después, alguien entró por la puerta sin preocuparse en siquiera llamar.

—Oye, me ha llegado el informe de la autopsia preliminar, el forense dice que a Mingo le dio un paro cardíaco debido a estrés. ¿Creéis que…?— una pausa al ver que nadie reaccionaba—. ¿Chicos?

David, que todavía estaba intentando recuperarse de aquello, se giró lentamente hacia su compañero.

—¿Sí?

—Oye, ¿va todo bien? ¿Pasa algo con las pruebas?

—Na… nada en absoluto. ¿Qué… decías de la autopsia preliminar?

—Que dicen que fue un infarto causado por una situación de estrés extrema. ¿Tenéis alguna prueba que vaya en dirección contraria o…?

—¡No, no!— saltó David—. Creo que se corresponde con lo que hemos visto. Iremos a presentar el informe en breve.

—De acuerdo…— su compañero no parecía muy convencido, pero decidió dejarlos a solas.

A su alrededor, nadie había movido un músculo todavía. Él mismo no estaba seguro de cómo podía haber contestado de una forma racional, más allá de que ese vídeo no lo debía ver absolutamente nadie más. Lo mejor era pensar que Mingo se había muerto por causas naturales, y que aquella madrugada de Reyes esa oficina no había sido visitada por tres seres que bien podían entrar en la categoría de “horrores cósmicos”.

—Que no existen mis cojones que no tengo— escuchó que murmuraba Miriam.

El resto de la sala simplemente la miró con horror.



Particularmente no estoy muy contenta con este relato, creo que es una buena idea pero hubiera necesitado más tiempo para explorarla del que realmente tengo. Sorry muy mucho.

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